CRÍTICA Y CULTURA

 EDUCACIÓN Y DEMOCRACIA

Por Jesús Fernández Orrico, Vicepresidente ANCABA-CV. Dr. en Filosofía

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VII.  CANIMUS SURDIS[1]  

 

“Cuán pocas palabras bastarían para exponer todo este asunto de la educación si alguien tuviera oídos para oír”

J. W. Goethe, Hermann y Dorotea. 1798.

El estudio del lenguaje en todas sus dimensiones ha sido uno de los grandes legados del siglo XX. Desde los positivismos más fisicalistas empeñados en no admitir otra realidad que la accesible a la sensibilidad protocolizada en modelos, hasta  la filosofía que, en algunos casos, se ha llegado a identificar con la palabra o la imagen por ella sugerida, pasando por las ciencias matemáticas cuya manifestación no es otra que el lenguaje formalizado y la búsqueda de nuevas relaciones analíticas. Se ha querido encontrar en el lenguaje un elemento accesible y manipulable, como alternativa a cuantas metafísicas han ocupado la historia de Occidente.[2] El lenguaje ha ido ocupando los otrora sagrados reductos esenciales de la realidad física, de los contenidos de las religiones, de la mente y de sus pensamientos como entidades separadas y autónomas, de la moralidad y el arte, de la sociedad y sus normas… todo al fin y a la postre, se ha dicho, son formas de lenguaje. Son palabra o no son. Son, por tanto, fruto del acuerdo y no existen sino como convención.

 Esta orientación privilegiada de las investigaciones lingüísticas y de sus implicaciones, nos ha aproximado no sólo a una forma desustancializada de entender el mundo, sino también a la trivialización del propio lenguaje. Para empezar, la palabra dejó de ser manifestación del pensar: ella misma es el pensamiento. Los contenidos no son ya relevantes: lo son las estructuras; los mensajes desaparecen frente a los contextos; las formas vacías ya son contenidos; la imagen es lenguaje y más que lenguaje; la propia imagen se distorsiona para ser ficción; y la ficción es solicitada para ocupar el lugar de las connotaciones precisas de los mensajes. Expresiones como imaginario colectivo, realidad de lo virtual, inconsciente social, mestizaje moral, constructo ficticio, alegorización histórica  etc. son exponentes del creciente estatus difuso de los límites, pero que, no obstante, han hecho fortuna en la jerga posmoderna.

 Sin duda que los innumerables estudios producidos en las últimas décadas han sido fuente de precisión y clarificación. Pero, al mismo tiempo, la consideración  de todo lo humano como “lenguajes” ha orientado hacia la difuminación  del primero y el desprestigio de los segundos. La palabra se escucha, pero ya no se entiende. Y si se entiende, no es reflexionada. Pero aun  pensándola no se toma en consideración. El problema de la comunicación reside hoy no tanto en los emisores – cada vez más conscientes de los fines que pretenden y de los instrumentos adecuados a ellos - cuanto en los hipotéticos destinatarios de los mensajes. Escasos son los que se aprestan a atender, a escudriñar lo que se oculta tras la palabra. De ahí que el lenguaje, por más que se ha promovido como materia privilegiada de estudio, haya devenido en panoplia de superficialidades y coartada de lo intrascendente[3].

 En el ámbito de la docencia la comunicación se va revelando progresivamente como un quehacer inalcanzable. Y no tanto porque en la actual realidad escolar la articulación de etapas, niveles y programas decidida por los administradores y mediadores de la enseñanza se encuentre con obstáculos difíciles de sortear, que también.[4] Ni porque los nuevos modelos de relación social hayan dinamitado la distancia necesaria, para prestigiar la docencia, entre alumnos y profesores, que también.[5] Sino porque los dirigentes, quienes debieran mantenerse receptivos a la voz autorizada de aquellos que conocen y profesan la enseñanza, ignoran sus mensajes, hacen oídos sordos a estudios, análisis y anticipaciones. En estas condiciones hablar resulta penoso. Incluso frustrante.

 La palabra, en estos asuntos de la educación, ha devenido instrumento mediador prescindible, cooperante ornamental de dislates políticos y refugio pírrico de profesionales responsables desesperanzados. Nunca como en nuestra época se ha escrito tanto y han resultado tan inoperantes, sin embargo, las prospectivas sociológicas y las recomendaciones para quienes rigen los destinos de la educación. Aquel logos griego que era palabra, pensamiento y argumento, va dejando paso al escepticismo y dramatismo bíblicos de las oportunidades y palabras perdidas.[6] 

 En cierto sentido la impotencia de la palabra, su desprestigio, anima al silencio resignado cuando las evidencias bien fundamentadas se ignoran y son relegadas al baúl de la mera polémica teórica. La teoría sobre la educación existe para ser llevada a la práctica. Porque educar es una cuestión de praxis. Por ello la pertinaz sordera de las administraciones públicas invita a suspender los discursos.

 Pero la palabra, que existe para ser pronunciada, ha de  seguir resonando como testimonio. Hay un significado del lenguaje que emana de la reflexión del ser humano consigo mismo y frente a la realidad. Algunos le han llamado pensamiento. Éste es insobornable y obliga mientras la libertad de conciencia perdure. Es una cuestión de convicción y coherencia; de honradez intelectual y dignidad, puesto que “pueden tratarnos con vileza, pero nunca envilecernos” (F. Schiller, María Estuardo, Acto I).

 “Y ¿no hemos dicho ya demasiadas palabras acerca de esta comunidad y del hombre similar a ella? ¡Con ellas termino, pues, oh Glaucón, el discurso que te había propuesto sobre el hombre, su educación y el Estado!”           Platón, República, VII.

 

           Valencia, junio de 2007.


[1] Hablamos a sordos. (Virgilio, Bucólicas, 10, 8).

[2] Lingüísticas, semánticas, sociolingüísticas, semiologías, psicolinguísticas, gramaticologías, filosofías del lenguaje, etc. etc. por nombrar sólo algunas.

[3] “Los niños no están en absoluto dotados de razón hasta haber alcanzado el uso del lenguaje” (Hobbes, Leviatán I, v).

[4]  “Ignorar la significación de las palabras, que es falta de entendimiento, no sólo dispone a los hombres a confiar en la verdad que desconocen, sino también en los errores; y, cosa aún peor, en el sinsentido de aquellos en quienes confían. Pues ni el error ni el sinsentido pueden detectarse sin una perfecta comprensión de las palabras” (Hobbes, Ibid. I, XI).

 [5] “…en semejante Estado el maestro teme y adula a los alumnos y los alumnos hacen caso omiso de los maestros, así como de sus preceptores; y en general los jóvenes hacen lo mismo que los adultos y rivalizan con ellos en palabras y acciones; y los mayores, para complacerlos, rebosan de jocosidad y afán de hacer bromas, imitando a los jóvenes, para no parecer antipáticos y mandones” (Platón. República, VIII.)

 [6] Vox clamantis in deserto. (Isaías 40,3.) La voz del que clama en el desierto