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VII.
CANIMUS
SURDIS
“Cuán pocas palabras bastarían
para exponer todo este asunto de la educación si alguien tuviera
oídos para oír”
J. W. Goethe, Hermann y Dorotea.
1798.
El estudio
del lenguaje en todas sus dimensiones ha sido uno de los grandes
legados del siglo XX. Desde los positivismos más fisicalistas
empeñados en no admitir otra realidad que la accesible a la
sensibilidad protocolizada en modelos, hasta la filosofía que, en
algunos casos, se ha llegado a identificar con la palabra o la
imagen por ella sugerida, pasando por las ciencias matemáticas
cuya manifestación no es otra que el lenguaje formalizado y la
búsqueda de nuevas relaciones analíticas. Se ha querido encontrar
en el lenguaje un elemento accesible y manipulable, como
alternativa a cuantas metafísicas han ocupado la historia de
Occidente.
El lenguaje ha ido ocupando los otrora sagrados reductos
esenciales de la realidad física, de los contenidos de las
religiones, de la mente y de sus pensamientos como entidades
separadas y autónomas, de la moralidad y el arte, de la sociedad y
sus normas… todo al fin y a la postre, se ha dicho, son formas de
lenguaje. Son palabra o no son. Son, por tanto, fruto del acuerdo
y no existen sino como convención.
Esta
orientación privilegiada de las investigaciones lingüísticas y de
sus implicaciones, nos ha aproximado no sólo a una forma
desustancializada de entender el mundo, sino también a la
trivialización del propio lenguaje. Para empezar, la palabra dejó
de ser manifestación del pensar: ella misma es el pensamiento. Los
contenidos no son ya relevantes: lo son las estructuras; los
mensajes desaparecen frente a los contextos; las formas vacías ya
son contenidos; la imagen es lenguaje y más que lenguaje; la
propia imagen se distorsiona para ser ficción; y la ficción es
solicitada para ocupar el lugar de las connotaciones precisas de
los mensajes. Expresiones como imaginario colectivo,
realidad de lo virtual, inconsciente social,
mestizaje moral, constructo ficticio, alegorización
histórica etc. son exponentes del creciente estatus difuso
de los límites, pero que, no obstante, han hecho fortuna en la
jerga posmoderna.
Sin duda
que los innumerables estudios producidos en las últimas décadas
han sido fuente de precisión y clarificación. Pero, al mismo
tiempo, la consideración de todo lo humano como “lenguajes”
ha orientado hacia la difuminación del primero y el desprestigio
de los segundos. La palabra se escucha, pero ya no se entiende. Y
si se entiende, no es reflexionada. Pero aun pensándola no se
toma en consideración. El problema de la comunicación reside hoy
no tanto en los emisores – cada vez más conscientes de los fines
que pretenden y de los instrumentos adecuados a ellos - cuanto en
los hipotéticos destinatarios de los mensajes. Escasos son los que
se aprestan a atender, a escudriñar lo que se oculta tras la
palabra. De ahí que el lenguaje, por más que se ha promovido como
materia privilegiada de estudio, haya devenido en panoplia de
superficialidades y coartada de lo intrascendente.
En el
ámbito de la docencia la comunicación se va revelando
progresivamente como un quehacer inalcanzable. Y no tanto porque
en la actual realidad escolar la articulación de etapas, niveles y
programas decidida por los administradores y mediadores de la
enseñanza se encuentre con obstáculos difíciles de sortear, que
también.
Ni porque los nuevos modelos de relación social hayan dinamitado
la distancia necesaria, para prestigiar la docencia, entre alumnos
y profesores, que también.
Sino porque los dirigentes, quienes debieran mantenerse receptivos
a la voz autorizada de aquellos que conocen y profesan la
enseñanza, ignoran sus mensajes, hacen oídos sordos a estudios,
análisis y anticipaciones. En estas condiciones hablar resulta
penoso. Incluso frustrante.
La palabra,
en estos asuntos de la educación, ha devenido instrumento mediador
prescindible, cooperante ornamental de dislates políticos y
refugio pírrico de profesionales responsables desesperanzados.
Nunca como en nuestra época se ha escrito tanto y han resultado
tan inoperantes, sin embargo, las prospectivas sociológicas y las
recomendaciones para quienes rigen los destinos de la educación.
Aquel logos griego que era palabra, pensamiento y
argumento, va dejando paso al escepticismo y dramatismo bíblicos
de las oportunidades y palabras perdidas.
En cierto
sentido la impotencia de la palabra, su desprestigio, anima al
silencio resignado cuando las evidencias bien fundamentadas se
ignoran y son relegadas al baúl de la mera polémica teórica. La
teoría sobre la educación existe para ser llevada a la práctica.
Porque educar es una cuestión de praxis. Por ello la
pertinaz sordera de las administraciones públicas invita a
suspender los discursos.
Pero la
palabra, que existe para ser pronunciada, ha de seguir resonando
como testimonio. Hay un significado del lenguaje que emana de la
reflexión del ser humano consigo mismo y frente a la realidad.
Algunos le han llamado pensamiento. Éste es insobornable y
obliga mientras la libertad de conciencia perdure. Es una cuestión
de convicción y coherencia; de honradez intelectual y dignidad,
puesto que “pueden tratarnos con vileza, pero nunca
envilecernos” (F. Schiller, María Estuardo, Acto I).
“Y ¿no hemos dicho ya demasiadas
palabras acerca de esta comunidad y del hombre similar a ella?
¡Con ellas termino, pues, oh Glaucón, el discurso que te había
propuesto sobre el hombre, su educación y el Estado!”
Platón,
República, VII.
Valencia,
junio de 2007.
Hablamos a sordos. (Virgilio, Bucólicas, 10, 8).
“Los niños no están en absoluto dotados de razón hasta
haber alcanzado el uso del lenguaje” (Hobbes, Leviatán
I, v).
“Ignorar
la significación de las palabras, que es falta de
entendimiento, no sólo dispone a los hombres a confiar en la
verdad que desconocen, sino también en los errores; y, cosa
aún peor, en el sinsentido de aquellos en quienes confían.
Pues ni el error ni el sinsentido pueden detectarse sin una
perfecta comprensión de las
palabras” (Hobbes, Ibid. I,
XI).
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