CRÍTICA Y CULTURA

 EDUCACIÓN Y DEMOCRACIA

Por Jesús Fernández Orrico, Vicepresidente ANCABA-CV. Dr. en Filosofía

V. LA RACIONALIDAD NECESARIA. LO NUEVO. LO VIEJO

IV.  ASINUS IN CATHEDRA.

III. FETICHISMO DE LA DEMOCRACIA

II. UNA FALACIA: LA ESCUELA ES EL MUNDO. OTRO MUNDO.

 I. EL DESCRÉDITO DE LO PÚBLICO.

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 I. EL DESCRÉDITO DE LO PÚBLICO.

 

Me queda por tocar, entre otros, un tema. (…) ¿Se busca crear un hombre gregario y sin crítica, como algunos dicen?

Rodríguez Adrados. El País, 19. 3. 2007.

 Las formas totalitarias han alentado siempre los modos de vida privatistas en su intento despolitizador de la vida pública. No tanto para privilegiar la privacidad en sí misma cuanto para estimular que el interés por lo privado (el bienestar, la familia, el economicismo particular, etc.) monopolice la acción humana y provoque el adocenamiento y la indiferencia respecto a la esfera de lo político. La búsqueda del bienestar no debería cercenar los vínculos con el ámbito de lo público. Sin embargo éste tiende a ser suprimido no sólo en los modelos totalitarios sino también, y esto es más preocupante, en los denominados sistemas democrático-liberales mediante el progresivo distanciamiento, sustracción y ocultación a los ciudadanos de los fundamentos y principios sustentadores de la participación política.

 El individuo se ve privado de la información política porque se alienta en él la avidez hedonista y consumista, relegando en él todo interés por lo público a estratos  semiconscientes. Así como  los gobiernos totalitarios disponen a voluntad de todos los acontecimientos de la política, a los gobiernos denominados democráticos les basta con negar los hechos que contradicen los valores proclamados. Contando con ello y con la enajenación generalizada de las conciencias, el ejercicio democrático de la política deviene el rito de  la hipocresía.

 El silencio de los ciudadanos se produce tanto porque se le han sustraído los destinatarios del mensaje como porque se le escamotean los hechos. El poder de hablar no es gran cosa si no coincide con el poder de ser escuchado. La verdad de los hechos y acontecimientos trascendentales de la vida pública son eludidos y en su lugar se satura al ciudadano con mensajes disipadores proclives a la pasividad política y a la autocomplacencia. De este modo las insidias del príncipe pueden encontrar su lugar natural y perfecto acomodo en los sistemas políticos democrático-formales.

 La perspectiva unidimensional según la cual el citoyen es absorbido por el bourgeois conduce a la pérdida de identidad del individuo, incapaz de soportar la escisión entre el peso del interés material y la débil autonomía de sus propias decisiones. Las instancias del poder, que deberían ser la respuesta a una voluntad popular surgida de una rigurosa educación no partidista y de una comunicación no manipulada, fomentan, sin embargo, una pseudoeducación orientada a los fines de la manipulación y sobre la que se cierne a continuación  la uniformidad de las comunicaciones consolidada como dirigismo subliminal colectivo.

 La reducción de la democracia al uso periódico del voto por parte de la ciudadanía está también en la raíz de su progresivo empobrecimiento. Se hurta el poder a los ciudadanos. Su representación sufre la mediación de los partidos políticos sometidos, a su vez, al control de líderes no contrastados por capacidad o mérito alguno.

 Los órganos políticos y jurisdiccionales pueden funcionar dentro del más estricto respeto formal a la legalidad y, no obstante, carecer de la legitimidad desde la que fueron estatuidos. El escamoteo en forma de fraudes de ley o de interpretaciones ad limina, con la inseguridad jurídica que comportan; la contaminación política de los órganos jurisdiccionales; la dependencia ad personam  de las sentencias y resoluciones judiciales, con la arbitrariedad que ello supone, hacen que la comunicación política e institucional con los ciudadanos  se vea distorsionada y aun falseada desde las propias estructuras del poder. Asimismo la representatividad de los individuos es ignorada y sustituida por la voluntad de los partidos, incluso por la de “el propio partido”. Como si la opinión de los ciudadanos no fuera el fundamento de toda democracia, como si la denominada “gobernabilidad” de los pueblos pudiera justificar su silencio.

 En ausencia de una mínima dimensión política de los ciudadanos, estos se encuentran al albur de las jerarquías político-mediáticas detentadoras del poder. Así las cosas, el poder político no reside en la ciudadanía pese a las apariencias en contrario. La democracia decae a causa del monopolio de las estructuras de los partidos sobre la vida pública y de la falta de conciencia política en los ciudadanos.

 Los sistemas democráticos contemporáneos – y en particular el español -  deben ser criticados, pues, en razón de su insuficiencia democrática, la cual es promovida mediante el vaciamiento de la razón autónoma cultural y política en los ciudadanos y la posterior saturación de mensajes alienadores adaptados a la pobreza mental de los destinatarios y a los intereses político-económicos dominantes.

 Brevemente: un sistema político democrático únicamente puede evitar transformarse en manipulador de voluntades si los individuos han desarrollado una voluntad autónoma mediante el adecuado proceso de formación inmune a las demagogias públicas y mediante el mantenimiento de una información pública veraz.

 Otros principios y criterios educativos deberían sustituir a los actuales y con ellos instaurar un proceso formativo de la racionalidad y la voluntad. La razón autónoma tiene su origen y debe formarse en lo privado, en la educación,  como condición de posterior apertura a lo público. De otro modo la democracia no es sino totalitarismo agazapado.

   

 

 

 

II. UNA FALACIA: LA ESCUELA ES EL MUNDO. OTRO MUNDO.

 

Hay que hacer comprender que la escuela no es un fin; que su unidad y carácter cerrado es una necesidad y no una virtud.

Th. W. Adorno. Tabúes sobre la profesión de maestro, Berlín, 1965

 La educación posee un carácter fundante en la constitución de una sociedad democrática y en la necesaria acción comunicativa de los individuos entre sí y con la historia. Todo ejercicio activo o pasivo de la política debe dar por supuesta una suficiente educación previa que permita al ciudadano el necesario discernimiento en el juego de las opciones públicas. El ejercicio de las libertades políticas debe asentarse no sólo en la capacidad de elección sino también en la comprensión del mundo social y político sobre el que hay que decidir.

 La educación, por tanto, no sólo es anterior a la acción social, sino que no es un fin en sí misma ya que está ordenada a la vida pública, a la integración social de los individuos y a su necesaria interrelación. La acción social tiene que ver con gente ya educada. Por ello la formación que deberá permitir posteriormente el ejercicio de derechos democráticos, en tanto que educación y, en tanto que pertenece aún a la esfera de lo privado, debe atender al saber, al conocimiento, a la capacitación competencial y a la adopción de hábitos que predispongan a la vida en sociedad.

 La posibilidad de acceso en plenitud y conscientemente a los derechos públicos exige de los individuos una formación (Bildung), una preparación y régimen de vida (diaíta) cuyos criterios de comportamiento no tienen por qué ser coincidentes con los de la sociedad civil, porque se trata de una etapa de aprendizaje, no de ejercicio pleno, de tales derechos. Así, promover principios de actuación como “la democracia a la escuela”, la eliminación de sanciones a comportamientos disruptores, la igualdad jerárquica de alumnos y profesores, la atribución de resultados académicos en función del crecimiento vegetativo, la supresión de los criterios de mérito y capacidad, y tantos otros, perpetúan el infantilismo de los jóvenes, les impiden una adaptación honesta y realista del funcionamiento social y, consiguientemente, les son sustraídos hábitos de comportamiento responsable. Los valores sociales y los de la escuela deben ser los mismos; pero en la escuela su aplicación no es viable: hay que aprender a ejercitarlos de modo progresivo.

 La separación de la esfera de la educación respecto de la esfera socio-política debe sustentarse en tres postulados que la propia sociedad reconoce en su estructura y que son asumidos  por ella en el ámbito de lo jurídico: a) Se debe delimitar, y asumir, la frontera entre el niño y el joven, por una parte, y el adulto, por otra. b) No se debe intentar educar al adulto y c) No se debe tratar  a los niños como si fueran adultos. El niño realiza su primer conocimiento del mundo en la escuela; pero la escuela no es el mundo y no puede pretender serlo.

 Pero menos aún puede pretender la escuela constituirse en un mundo con valores propios, exclusivos, inexistentes en la sociedad y frecuentemente opuestos a ella; porque con ello se absolutiza la escuela como un universo totalmente separado cuyo fin estaría en sí misma y olvidando que existe como función de, en relación con, la sociedad y el mundo. La separación de la escuela del mundo se justifica porque se trata de una etapa de aprendizaje de los valores de ese mundo. Y para este aprendizaje no se deben aplicar ya estos valores cuando aún no se poseen. Pero, al mismo tiempo, no es admisible hacer de la escuela una “sociedad completa y cerrada”. La escuela es un mundo separado de la sociedad pero orientado a ella. El empeño en socializar exclusivamente mediante criterios ajenos al hecho social hace fracasar la socialización produciendo individuos inadaptados, marginales o delincuentes.

 Han sido los gobiernos occidentales denominados de izquierda quienes más fácilmente han sucumbido a la atracción demagógica de un proceso educativo como el americano, en el que el mundo infantil ha sido absolutizado y politizado de modo artificial[1]. Se pretende con ello sustituir la función de la familia y de manipular en beneficio de la ideología partidista la neutralidad política de la acción educativa. Los que han defendido la escuela como mundo han promovido, la creación de una sociedad educativa cerrada, absolutizada pero en la que no se han mantenido, paradójicamente,  los criterios y valores que deben regir la sociedad civil: el esfuerzo, la competitividad, la autoestima, los estímulos positivos al esfuerzo personal, los negativos a los comportamientos reprobables, etc.

 La absolutización del mundo infantil es artificial porque interrumpe las relaciones naturales entre adultos y niños; relaciones que consisten, entre otras, en la enseñanza y el aprendizaje y porque se niega que el niño es un ser humano en proceso, que la infancia es un estado pasajero que sirve de preparación al estado adulto.

 Esta interrupción del contacto entre el adulto y el niño lleva a que los niños se estructuren en grupos cuya autoridad terminará siendo más tiránica que la limitada autoridad de una sola persona. Resultado de ello es que los niños se autoexcluyen del mundo de los adultos; son empujados hacia sí mismos cayendo bajo la tiranía de su propio grupo al que no pueden controlar ni pueden razonar con él dada su propia condición infantil de la que no pueden huir: el mundo de los adultos les ha sido cerrado. Consecuencias inmediatas: ausencia de un marco referencial desde el cual avanzar en la mejoría de las condiciones y relaciones sociales; el conformismo por falta de aspiraciones respecto de un futuro que no perciben unido a su presente; inestabilidad o inconsistencia por la falta de referentes sólidos hacia los que volverse.

 La sociedad infantil, siendo un mundo bien diferenciado del mundo adulto, no por ello debe ser considerada como autónoma y cerrada sobre sí misma. Es una sociedad diferente pero dependiente, orientada y abierta al mundo adulto. Quienes afirman que la escuela es un ámbito cerrado, exclusivo y excluyente son los que promueven que la autoridad reside en el propio niño y en su colectivo. Pero una escuela trufada de permisividad es un fraude a la socialización dado que la frustración necesaria para la adaptación al mundo es inexcusable. Esto es algo sabido desde hace siglos.[2] Ninguna sociedad debiera sostener una educación de ciudadanos que actuarán en contra de ella por acción u omisión.


[1] En estos planteamientos suelen subyacer las viejas utopías estatalistas platónicas o las hipótesis rousseaunianas de la bondad natural del ser humano, por no hablar de una lucha de clases encubierta que se quiere llevar a cabo desde la escuela (¡inmoralidad imperdonable!). La educación sólo puede tener un fin: la integración en la sociedad. Aunque ésta sea injusta y perfectible. Es la sociedad la que debe mejorarse a sí misma sin delegar en la escuela ese perfeccionamiento. Delegación que, además de perversa, es inviable.  

[2] Mollis illa educatio quam indulgentiam vocamus, nervos omnes et mentis et corporis  frangit. (Esa suave educación que llamamos indulgencia, destruye todo el vigor del alma y del cuerpo. Quintiliano., Inst. 1, 2, 6).

Monere, non punire, stultitiam decet. (Advertir y no castigar es propio de necios. Publilius  Syrus).

Nisi vindices delicta,  improbitatem  adiuves. (Si no castigas los delitos fomentas la maldad. Ibid.).

 

III.  FETICHISMO DE LA DEMOCRACIA.

 

 “No tenemos, empero, intención de hacer de la democracia un fetiche. Puede ser muy cierto que nuestra generación habla y piensa demasiado de democracia y demasiado poco de los valores a los que ésta sirve.”        

Friedrich A. Hayek, Camino de servidumbre, 5.

 En la esfera de la sociedad civil rige, al menos formalmente, la jerarquía, el mérito, la competencia; es decir, la desigualdad. Los sistemas democráticos surgen como forma de control del poder político. Pero en los ámbitos del conocimiento, de la capacidad, de la responsabilidad y de la eficacia se hace evidente la inoperancia de los postulados democráticos. La sociedad civil se estructura situando a sus miembros según estos criterios de conocimientos, jerarquía y responsabilidad. Algo que saben y practican muy bien los propios partidos y grupos en sus organigramas de distribución de poder. Incluso, paradójicamente, aquellos que suelen defender con entusiasmo la democracia como sinónimo de igualdad.

 Una vez más la cuestión de fondo encierra una tensión dialéctica entre libertad e igualdad. Hacer compatibles ambos polos sólo es posible si se renuncia de antemano a una consecución intransigente y exclusiva de cualquiera de ambos. Conviene, no obstante, tener presente que la igualdad hace referencia esencialmente a las condiciones externas deseables en orden a garantizar el efectivo ejercicio de la libertad. Una igualdad que sea ella misma el fin último de actuación produce la alienación de lo más específico del ser humano: su capacidad decisoria.

 La democracia no dice nada sobre los valores que deben regir en un colectivo. Sólo hace posible la manifestación de la voluntad política de una sociedad. Pero ello no supone un progreso moral en las sociedades y en los individuos. Cuando por ignorancia o por interés partidista se fetichiza la democracia como única forma aceptable de actuación y como universal modelo operativo, se está olvidando la naturaleza instrumental exclusivamente política de la democracia.

 Si el ámbito de lo público no consigue imponer su autoridad (autoritas) por falta de claridad en sus planteamientos y de justicia en sus propuestas, los ciudadanos se ven incapacitados para transmitir a las generaciones siguientes unos valores y principios con la autoridad moral suficiente para que esa transmisión sea eficaz. La creciente pérdida de autoridad de los educadores en la escuela contemporánea confirma la falta de prestigio y autoridad de lo público/político en nuestro tiempo. Existe una interrelación entre la pérdida de autoridad en la vida política y en los estamentos privados de la familia y la educación.

 Pero hay una responsabilidad implícita en los adultos por el hecho de haber traído a los niños al mundo; responsabilidad que no se carga arbitrariamente sobre los educadores sino en cuanto se les reconoce y otorga un lugar eminente en esa responsabilidad que hunde sus raíces en la transmisión de la educación y que sólo será posible con el ejercicio de la autoridad. Por eso en el orden de lo educativo el criterio de la jerarquía es el soporte de la formación y de la adquisición de valores.

 Esto sólo es válido y aplicable para la educación, para la relación entre niños y adultos, pero no para el ámbito de la política, en el que nos movemos relacionándonos los adultos unos con otros. A partir de un determinado estadio de la vida de cada individuo se debe respetar y potenciar su capacidad de elección, su autonomía real. La igualdad puede ser condición de la libertad, pero sólo ésta nos constituye como humanos. Algo que nadie, ni siquiera los sistemas políticos del denominado socialismo real, se han atrevido nunca a negar. Th. W. Adorno[1] nos advertía de que la única verdadera fuerza contra el Principio de Auschwitz sería la autonomía en el sentido kantiano: la fuerza de la reflexión, de la autodeterminación, del no hacer como los demás.

 La cuestión de fondo es, pues, la siguiente: ¿cómo pueden ejercitar los ciudadanos adultos una autónoma capacidad de decisión si no se les ha dotado previamente de un desarrollo intelectual, si no se ha potenciado al máximo su propio entendimiento, si no se les ha conducido, de grado o por fuerza, hacia un exigente ejercicio de sus potencialidades capaz de permitirles discernir en el futuro con libertad? Y ¿cómo se puede conducir a unos recién llegados carentes todavía de criterios propios contrastados, ayunos de conciencia moral, de conciencia política, de experiencia y autocontrol, sin la autoridad (autoritas) necesaria emanada del prestigio y la responsabilidad que otorga la sociedad a los educadores?

 Es una contradictio in terminis  “educar democráticamente.” En el proceso educativo cada miembro debe conservar su función. Porque cuando la igualdad en la educación se radicaliza, se pierde la perspectiva de las diferencias entre los seres humanos. En la niñez las semejanzas entre individuos son grandes, precisamente porque no se ha desarrollado la especificidad psicológica de cada uno de ellos. Pero con el desarrollo de las características personales los seres humanos incrementan sus diferencias, aparecen los personalismos y la exigencia de autoafirmación. Una educación igual para todos, por ejemplo en contenidos (lo que aquí se ha dado en llamar equívocamente “comprensividad”), llena de insatisfacción a individuos y sociedad.

 La crisis de la educación se ha agravado tanto que lleva a difuminar las diferencias entre juventud y vejez, entre dotados y no dotados, entre niños y adultos, entre esforzados y perezosos, entre alumnos y profesores. El prejuicio democrático tiene efectos perversos cuando pretenden aplicarse sus presupuestos a la educación de los jóvenes. Y ello tanto más cuanto una parte del profesorado ha sucumbido al prejuicio de las actuaciones democráticas en todo cuanto concierne a la educación. También a estos profesores  les ha alcanzado el fetichismo de la democracia. Reclamar para la educación procedimientos democráticos lleva a arruinar todo el proceso educativo porque pretende hacer creer que la desigualdad natural es un error y trata de sustituirla por una igualdad metodológica, de contenidos y, en definitiva, política.

 Los valores de la cultura – que incluyen el conocimiento del pasado del hombre, de los sistemas políticos democráticos, la reflexión sobre la naturaleza y el respeto a los individuos que forman la humanidad, entre otros – no son transmisibles si se prescinde de todo principio de autoridad. Ciertamente el concepto de autoridad sugiere connotaciones de rechazo. Pero sucumbir ante tales prejuicios denota posiciones de irracionalidad inaceptables. El principio de autoridad se legitima en el ámbito de la educación como instrumento imprescindible en la transformación del niño en un adulto exigente y consciente de sus libertades.

 La autoridad en la educación no tiene que ver con el poder y el terror de la vida pública en determinados regímenes autoritarios. Tiene que ver más bien con la cualificación, el prestigio, y el liderazgo del docente. Porque el niño, incapaz de comprender plenamente el significado teórico y el sentido de los valores, sólo los acepta en cuanto puede verlos defendidos y encarnados en los maestros. Una vez más nos encontramos con la necesidad de referente concreto como vehículo de  valores para los jóvenes. Estos no aprecian ni responden a los incentivos democráticos que tienden a interpretar como estímulos autocomplacientes. Los jóvenes demandan, sin ser ellos mismos conscientes de ello, asirse, de grado o por fuerza, a referentes perceptibles desde los cuales poder saltar posteriormente, en la misma o en otra dirección, a una comprensión más abstracta de valores.

 El prejuicio decadente y reaccionario contra toda autoridad, incluyendo la necesaria para la educación, está dando lugar a generaciones de jóvenes sin arraigo, que desprecian lo que ignoran, de un primitivismo contumaz, fácilmente manipulables. Sin duda esto es lo que se pretende: el mundo feliz de consumidores compulsivos desposeídos de identidad personal y autonomía; incapaces de percibir cómo unos cuantos grupos de poder dominan sus vidas y sus destinos.

 Menores de edad, incapaces de servirse de su propio entendimiento sin la guía de otro (…) porque ¡es tan cómodo ser menor de edad! Es difícil para todo individuo lograr salir de esa minoría de edad, casi ya convertida en naturaleza suya. Incluso le ha tomado afición y se siente realmente incapaz de valerse de su propio entendimiento, porque nunca se le ha dejado hacer dicho ensayo. (…) Por eso pocos son los que por esfuerzo del propio espíritu, han conseguido salir de esa minoría de edad y proseguir, sin embargo, con paso seguro. (…) Por eso es tan perjudicial inculcar prejuicios, pues al final terminan vengándose de sus mismos predecesores y autores.

 (I. Kant, Respuesta a la pregunta:¿Qué es la ilustración? Berliner Monatsschrift, 4, 1784. Traducción en Edit. Tecnos)


 

[1]Educación después de Auschwitz”. Conferencia en Radio Hessen el 18. 4. 1966.

 

 

 

 

IV.  ASINUS IN CATHEDRA.

 

“No es posible educar (erziehen) sin enseñar (lehren) al mismo tiempo. Una educación sin enseñanza es vacía y degenera con especial facilidad en palabrería moral – patética.”

     Hannah Arendt, La crisis en la educación. Bremen 1958.

 

Sin remontarnos a los orígenes griegos de la preocupación por la educación, y no olvidando el precedente de Comenius (Didactica Magna, 1679), se puede afirmar que es a finales del XVIII cuando, con la influencia de Ilustrados y Enciclopedistas, va tomando cuerpo una demanda de orientación pedagógica hacia los ciudadanos que no se limita a los social y político sino que hunde sus raíces en la predisposición del niño hacia determinadas formas de acatamiento intelectual y emotivo. Junto al Emile de Rousseau, como paradigmático a este respecto, podríamos aducir obras de Condorcet, (Esquisse d'un tableau historique des progrès de l'esprit humain,1795) Herbart (Die Psychologie als Wissenschaft, neu gegründet auf Erfahrung,1824/25), y de otros autores posteriores como los Pestalozzi, Fröbel, Ellen Key, etc.

 Sin embargo, los que han sido considerados padres de la pedagogía tenían más una preocupación filosófica o didáctica, entendida como técnica de aplicación de los conocimientos, que pedagógica en el sentido actual del término. Lo que comenzó como instrumento de orientación de los alumnos en el aprendizaje  ha devenido instrumento de acomodación y asentamiento del alumno en el ámbito escolar. Más aún: ha determinado la creación de sistemas educativos en los que el proceso de aprendizaje ha pasado a segundo plano promoviendo en su lugar espacios lúdicos, de relación y autorregulación de los propios alumnos, como en el caso de  la Escuela Summerhill  de A. Sutherland.

 Por otra parte, el significado de las palabras no puede sustraerse por completo a sus orígenes. Aquellas conservan en sí los estratos de su evolución revelándonos con ello las huellas de la historia. En este orden de cosas, el  Paidagωgός, (Paidagogós), el esclavo encargado de acompañar a los niños a la escuela, en todo caso, su preceptor, no precisaba tener conocimiento alguno; sólo coger de la mano al niño para que no vaya solo, para que no se escape, para que vaya por el camino indicado aunque no sea el mejor. El pedagogo tiene que hacer ver, convencer de que el camino elegido es el mejor. Así se lo han ordenado sus amos: siempre por el camino marcado. El pedagogo tampoco tiene iniciativa. Los itinerarios le han sido prescritos. El plano del recorrido ha sido impreso en sus mentes. Sólo hay que seguirlo.

 También observamos que en los últimos tiempos ha ido desapareciendo de la jerga docente habitual la noción de didáctica. No tiene nada de extraño. Didaktikós, (didactikós) adjetivo derivado del participio (didaktós) de didάskw (didasco) enseñar algo a alguien, instruir a alguien acerca de, hacer aprender, etc. lleva implícito el objeto de la instrucción, el sobre qué (perί) hay que instruir. Cuando no hay nada que enseñar, la didáctica desaparece carente de objeto y por tanto de sentido.

 La influencia del pragmatismo, de las ideologías y de la moderna psicología ha transformado la pedagogía en una “ciencia de la enseñanza”. Con la preponderancia de los criterios pedagógicos en la educación se vacía de contenidos concretos el proceso formativo de los jóvenes; pero también de estímulos, de impulso de superación y de autocrítica. La educación está en crisis porque están en quiebra las formas educativas basadas en la transmisión de hábitos de trabajo, de contenidos y de instrumentos críticos.

El fundamento de la inmanente falsedad de lo pedagógico está en que el objeto que se impulsa es cortado a la medida del receptor; no se desea un trabajo objetivo; se prefiere pedagogizar; de este modo los niños se sienten importantes o superiores. La función del profesor se homogeneiza sometida a los dictados de los patriarcas de la pedagogía. Ésta deviene, de este modo, instrumento de manipulación.

 Un profesor, según esto, lo puede enseñar todo, su formación es la enseñanza, no la competencia en una especialidad determinada. Hoy ya no se puede hacer valer los conocimientos y sabiduría del profesor. Hoy se ha hecho imposible el profesor motivado, no autoritario, que quisiera renunciar a todo medio coactivo porque quiere  y puede abandonarse o confiar en su autoridad personal. Las directrices de los mandarines de la Administración y de la escuela resultan ser, finalmente, instrumentos de despotismo que caen sobre alumnos y profesores.

 Podría admitirse que ante la masificación y complejidad de los sistemas educativos se hace necesaria la aportación, como apoyo, de profesionales, fundamentalmente psicólogos, médicos y celadores. Sin embargo la proliferación de instrucciones adoctrinadoras vinculantes, comisiones de coordinación pedagógica, directrices emanadas de una potestas pedagógica surgida de no se sabe dónde (o sí se sabe), la subordinación didáctica a principios “buenistas” y “jovenistas”, la lenidad imperante por doquier, la multiplicación ad infinitum de inoperantes informes, estadísticas, programaciones, memorias, actas, etc., la convocatoria ad nauseam de juntas, comisiones, consejos, etc., parecen querer encubrir el vacío formativo y la ignorancia generalizada que tiene lugar actualmente en la educación.

 En educación no existe el progreso en el sentido del que se produce en la ciencia. El progreso en el conocimiento científico del mundo tiene que ver con la aparición de hechos nuevos para los que se arbitran nuevas interpretaciones. Pero en educación los hechos – la naturaleza humana – son los mismos.  Los principios rectores de la praxis  deben ser extraídos de la consideración de la naturaleza humana y ésta no se modifica al albur ni de los cambios de época ni de los deseos políticos. Defender  en educación la modificación arbitraria o el progreso indefinido es atentar irresponsablemente contra la ontogénesis natural del ser humano.

 Es inmoral alentar el experimentalismo y la alteración de las condiciones de maduración del individuo en función de los criterios políticos del momento. Una cosa es ampliar la educación a todos los ciudadanos y otra modificar el proceso natural de su aprendizaje. Pretender que un niño o un joven, todavía con importantes carencias funcionales de racionalidad y experiencia, responda a determinados estímulos pedagógicos como si se tratara de un adulto en plenitud de su capacidad intelectual, es condenarle a malinterpretar el mundo con el que tendrá que vérselas en el futuro. Lo nuevo absoluto, en educación, lleva en sí el estigma de lo gratuito, arbitrario y reaccionario.

 Como sucede en algunas otras esferas, no se permite que en las pedagógicas se abra paso la libertad, no se permite la expresión de la fuerza de la oposición: se busca la sumisión. Sólo se pretende llegar a un adiestramiento formal y material.

                                                                                                 Max Stirner, 1842.[1]


 

[1] Un autor como Max Stirner (1806 - 1856), tan poco amigo de alagar a los detentadores del poder y tan poco acomodaticio con el statu quo, ya reflexionó sobre las perversiones de la pedagogía en un ensayo escrito a mediados del siglo XIX (1842): El falso principio de nuestra educación (Das unwahre Prinzip unserer Erziehung).

 

V. LA RACIONALIDAD NECESARIA. LO NUEVO. LO VIEJO.

 

Y el fin de los seres racionales es obedecer la razón y la ley de la ciudad y constitución más venerables”.        

Marco Aurelio, Meditaciones II, 16.

 

Cuando el sentimiento se constituye en la guía fundamental de decisiones y  comportamientos, los individuos y los grupos sociales se ven abocados a   permanentes confrontaciones e irresolubles conflictos. La Historia y la crónica negra de los pueblos son una inagotable fuente de ejemplos. Es, con todo, en el ámbito de lo público donde la irracionalidad de las decisiones se hace más inaceptable. Lejos queda la proclamación de Montesquieu definiendo la ley como la razón humana en cuanto gobierno[1]. Lejos, el entusiasmo ilustrado por situar a la razón liberadora en el cenit de la organización de la vida pública y de los Estados. Lejos, también, la apelación a una insobornable separación de poderes[2] corrompida o degradada por  intereses, inconfesables deseos y ambiciones.

 En estas condiciones, nuestra época, como en el pasado, tiene ante sí una ciclópea muralla y por ende una tarea no menos gigantesca: elevar la racionalidad a criterio fundamental de actuación en la determinación de las normas relativas a la estructura  de las sociedades y Estados. A la hora de precisar el sentido de esta racionalidad vuelve a resonar con fuerza la voz de Kant instando a entronizar las decisiones desprovistas de interés subjetivo en el pináculo de los comportamientos públicos y privados. Pero este principio del deber o imperativo categórico se hace inexcusable en la acción política y particularmente en la elaboración de aquellas leyes capaces de afectar al futuro de las naciones.

 Desde los años 90 del siglo pasado asistimos estupefactos a la destrucción de uno de los fundamentos de las sociedades cual es la transmisión a las generaciones presentes, y futuras, de los logros del pasado. Transmisión cuyo  tiempo natural son los primeros años de la vida  y cuyo  lugar eminente es la escuela. Cuando se promueven leyes tendentes a eliminar de los procesos educativos las tradiciones, se está condenando a las generaciones por venir al desarraigo y a la pérdida de identidad en el contexto de sus coetáneos y en el concierto de las naciones. Ninguna razón, ni siquiera de Estado, puede justificar que se arroje a individuos y pueblos a la orfandad cultural. Quienes esto hacen, además de mostrar un sicótico “odio al padre”, siguen, sin duda, los impulsos de una irracionalidad políticamente interesada y deben ser acusados de genocidio cultural.

 En términos generales, la tradición, consiste en un conjunto de valores y de creencias establecidas que persiste a lo largo de diversas generaciones en una comunidad política determinada. La transmisión de la tradición no es tan sólo una cuestión de valores. Una gran parte de la tradición, en sentido amplio, consiste en el conocimiento. La tradición abarca también a la ciencia, a la tecnología, a la enseñanza y a las artes. El concepto paideίa (Paideia, educación de los niños, instrucción) ocupó un lugar central en el pensamiento y la cultura griega. Paideia, en su significado griego, sería un término muy adecuado si pudiera ser popularizado, pero como esto es poco probable es mejor utilizar el término de origen francés “formación”.

 Frente a la tradición, el tradicionalismo es una autoconciencia y un énfasis deliberado en las voces del pasado. El tradicionalismo, ligado a la costumbre y a la convención, por una parte, y a la herencia, por otra puede llegar a ser una ideología de carácter reaccionario, como ha ocurrido en el caso del fascismo y ciertas formas de nacionalismo  cuyo  rechazo social ha  impedido  reconocer que, sin embargo, la  tradición es un  elemento  ineluctable de toda comunidad y, sobre todo, de la comunidad política[3].

 La tendencia de los pensadores políticos del pasado ha sido desestimar o exagerar la tradición, especialmente en las grandes controversias de los períodos revolucionarios. Tras una revolución es natural que la posición de todos aquellos que creen en el orden político preexistente sea una consciente reafirmación de las tradiciones. Uno de los ejemplos más conocidos es, sin duda, el tradicionalismo que surgió como respuesta a la Revolución Francesa, caso de Edmund Burke en sus Reflections on the Revolution in France (1790). Pero mientras un exceso de tradición fosiliza el orden político y social, una carencia de ella lo disuelve. Los griegos acuñaron la palabra anomía, como un término peyorativo que designaba aquella situación extrema en que ningún nomos, ninguna costumbre consagrada, y por tanto ninguna ley fundamental, guía las acciones de los hombres. Por el contrario, se puede denominar nomocracía a aquel estado en el que todo es juzgado en función de los valores y creencias tradicionales, en donde el nomos (la norma social) se convierte en el tirano de la comunidad e impide todo movimiento hacia delante.

 

Paradójicamente puede ocurrir que el mismo sistema de educación engendre las fuerzas que corroan los valores sobre los que se basa la sociedad. Este problema queda bien ilustrado con el movimiento que fue conocido como “educación progresista” que significaba poco menos que un rechazo de los valores y creencias imperantes, incluido el de nociones tales como el deber, la disciplina y la lealtad. Existe una lamentable contradicción en una gente que se considera progresista y que organiza un tipo de escuela que frena más que fomenta el desarrollo de la juventud encajándola en una sociedad cada vez más conformista, negándole los ejemplos del pasado, con los consiguientes trastornos nerviosos y crisis psicológicas.

 El desordenado entusiasmo de las nuevas pedagogías por lo nuevo es otra forma de manipulación y dirigismo. En las últimas décadas el imperativo de lo nuevo ha invadido todos los ámbitos de nuestra civilización; también el de la educación como instrumento conceptual y político.  Este narcisismo de lo nuevo per se, ignorando siglos de tradición educativa, lleva a la sospecha de que por detrás alientan intereses políticos coyunturales y vergonzantes. En nombre de ese “pathos de lo nuevo” todo el complejo de la moderna teoría educativa ha ido acumulando sinsentidos bajo el estandarte de una educación progresista.

 No se trata de rechazar lo nuevo como principio de actuación. Hay que asumir la contingencia del mundo y la necesidad de nuestra permanente atención sobre él: un mundo que está hecho de mortalidad, que se desgasta y en el que su morador cambia constantemente. La esperanza del mundo reside en lo nuevo que trae consigo cada generación. Pero el soporte y el cimiento sobre el que construir y renovar se encuentra en la tradición educativa. Precisamente por lo que hay de nuevo y de revolucionario en cada niño, la educación debe preservar los cimientos; eso nuevo debe conservarlo e introducirlo como algo nuevo en un mundo antiguo desde donde será posible, en todo caso, cualquier comportamiento verdaderamente revolucionario.

 La fascinación por lo nuevo y el rechazo de la tradición introduce otro de los principios más sutilmente perniciosos de la pedagogía contemporánea: sólo se aprende jugando. Hay una estrecha relación entre sustituir la enseñanza por la acción y el trabajo por el juego. Con ello se pretende anular el desarrollo reflexivo del niño deteniendo sus posibilidades en un nivel infantil. Al mismo tiempo se relega el esfuerzo de la abstracción en el aprendizaje. Ocupar al niño y al joven exclusiva o mayoritariamente en actividades lúdicas le condena al infantilismo y a ser presa fácil de manipuladores y detentadores de poder sea éste económico, político o profesional[4].

 La figura del profesor como transmisor de conocimientos es sustituida por el “perito” cuya función consistirá siempre en mostrar “cómo se hace”. La reflexión es abandonada en beneficio de un activismo mecanicista, en nombre de una supuesta utilidad profesional futura. Sustituir toda enseñanza teórica por la práctica cuanto sea posible: he ahí el alienante objetivo de las nuevas pedagogías. La instrumentalización de los individuos como prefiguración de los sistemas de mercado es introducida, pues, también en la escuela.

 Cuando en los círculos autodenominados “progresistas” se convoca a los docentes a actividades de renovación pedagógica, no es fácil evitar la sospecha de que se ha sucumbido a la inercia de lo novedoso considerado como lo reglado e incuestionablemente verdadero. Pero en realidad no sólo nos hallamos en presencia de un dogmatismo pueril e interesado, sino ante la regresión hacia lo arbitrario y sinsentido.

 Corresponde a la reflexión y a la acción humana interrumpir y detener la inercia de los sistemas puestos en circulación bajo los auspicios de la demonización del pasado y propiciados por la arbitrariedad del poder. Consiguientemente, también será esa racionalidad la que deberá decidir sobre el valor de lo nuevo. Vivimos en un tiempo de hipnosis por lo nuevo. Este es el peligro más real: que la autonomía de decisión del individuo es sustituida por la novedad. Pese a que “lo nuevo” no dice nada sobre su valor; sólo del momento en que surge.

 Educar consiste en transmitir los conocimientos y valores propios de nuestra cultura a las nuevas generaciones. No tiene por qué haber en ello una intención apologética ni de rechazo a lo nuevo que se pueda incorporar a la educación en cada generación. Pero para poder avanzar se necesita el suelo firme de lo ya consolidado: sólo en la solidez de la tradición puede apoyarse el pie que permita dar el salto hacia lo nuevo. Y  a aquellos que, atendiendo a impulsos viscerales, promueven legislaciones degradantes para el ser humano, que quieren negar el pasado o manipular la historia, hay que recordarles que las leyes, como dijo Charles Louis Secondant, barón de  Montesquieu, existen en función del desarrollo del hombre. También, y sobre todo, las educativas. Y que “el pueblo cae en la desgracia cuando aquellos en quienes confía tratan de corromperlo para ocultar de este modo su propia corrupción” (1748, VIII,II).

 


[1] De l’esprit des loisI, III.  1748.

[2] Ibid. XI,VI.

[3] Para estas nociones nos hemos inspirado, en parte, en el pensamiento y la obra de Carl Joachim Friedrich (Man and his government. An Empirical Theory of Politics. 1963. Traducción en editorial Tecnos. 1968). C.J. Friedrich (1901 – 1984) destacado profesor de Derecho Constitucional (Staatsrecht) de origen alemán, nacionalizado americano, profesó en las universidades de Harvard, Heidelberg, Manchester y Duke (USA). Tras la Segunda Guerra Mundial colaboró con los aliados en la desnazificación de Alemania y participó en la elaboración de la Constitución de la República Federal Alemana. Entre sus obras destacan: Der Verfassungsstaat der Neuzeit, Berlin.1953 (El Estado constitucional de la Edad Moderna), Totalitäre Diktatur, Stuttgart 1957 (Dictadura totalitaria).

 

[4] “El propósito de educar para la ‘vida práctica’ sólo produce personas de premisas básicas, que actúan y piensan siguiendo máximas, no genera personas con principios propios, sino meros legalistas” (…) “Únicamente en la abstracción está la libertad: el hombre libre es sólo aquel que ha vencido lo que le venía dado y que por sí mismo ha reunido, en la unidad de su yo, lo que le fue dudosamente arrancado.” Max Stirner, El falso principio de nuestra educación. 1842.