CRÍTICA Y CULTURA

 EDUCACIÓN Y DEMOCRACIA

Por Jesús Fernández Orrico, Vicepresidente ANCABA-CV. Dr. en Filosofía

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VI. ETIOLOGÍAS.

 

 “Carlos, no olvides que un proyecto que la razón ha concebido y ha de aliviar los sufrimientos de la humanidad, puede malograrse mil veces, pero no debe abandonarse nunca. ¿Lo oyes? ¡Acuérdate de Flandes!”

                                                                                     F. Schiller, Don Carlos, Acto II.

 

La historia de los pueblos no es producto de un determinismo inexorable. Los historicismos son la coartada o el consuelo de interesados, crédulos, impotentes o apáticos. Todas las naciones han podido reorientar su destino en el momento en que han sido receptivas a los nuevos vientos de liberación social y política, al acceso a mayores niveles de desarrollo cultural y a la reivindicación de  derechos y libertades. Sin embargo, estos procesos han recorrido un largo y abrupto itinerario salpicado de obstáculos, de tropiezos, de frecuentes retrocesos y de innumerables cadáveres.

 Desde que con el Renacimiento se inaugura un nuevo concepto de la dignidad  humana, los gobernantes, paulatinamente, por legítimo interés (Federico II, el Grande, de Prusia, Napoleón), por temor  o por ambas razones han ido extendiendo el derecho a la educación de los ciudadanos. Saber leer se convirtió en una exigencia religiosa, y consiguientemente política, entre los países no católicos desde que la Reforma luterana situó la libre interpretación de los textos sagrados en el centro de la fe. Es cierto que la generalización de la educación, por sí misma, no inmuniza a las naciones frente a crímenes fraticidas, a horrendos genocidios o injustas discriminaciones. Como ya dijo Rousseau, los seres humanos han constituido sociedades para resolver, en primer lugar, sus necesidades materiales[1];  sólo posteriormente tienen lugar las artes y las ciencias como soporte - él habla de “cadenas” – y justificación de la estructura social.

 En el ámbito de lo individual se produce un fenómeno similar: la satisfacción de las necesidades materiales tiende a desplazar las reivindicaciones del espíritu. La vieja sabiduría romana lo percibió con meridiana lucidez[2].  Es natural, por lo tanto, que, cuando las condiciones de supervivencia de un pueblo están amenazadas, la sola educación sea un débil baluarte frente a la irracionalidad e intolerancia. Por ello hay que buscar las causas de las atrocidades del pasado y del presente no sólo en la baja condición intelectual de los pueblos sino en las situaciones político – económicas concretas, en su utilización interesada por los gobernantes de turno y en la ausencia de un sólido sustrato ético.

 En España, como en su día afirmó P. Vilar, no tuvimos propiamente Renacimiento, ni Reforma ni Revolución. Tampoco, por consiguiente, pudieron surgir aquí los G. Bruno, Lutero, Calvino, Galileo, Erasmo, - Vives tuvo que irse - Montaigne, Rabelais, Locke, Tocqueville, Beccaria, Diderot, Hobbes, Montesquieu, Herder, Schiller, D’Alembert,  Goethe, A. Smidt, Kant, Wieland, Schelling, entre otros muchos y por no hablar de los numerosos movimientos de liberación política y social, y de sus mentores, que han recorrido la historia. Todos ellos han ido dando forma a idiosincrasias nacionales que han confluido, finalmente, en una cierta homogeneidad que hoy denominamos Europa u Occidente.

 Por una parte, nuestra gran literatura hispánica no incorpora los elementos necesarios para constituirse en acerbo de doctrina suficiente como para iluminar y conducir a nuestra nación por los caminos reivindicativos e ilustrados de la historia. Nuestros escritores, en términos generales,  no han descendido a los cimientos de la sociedad.  Estaban ocupados, probablemente, en la periferia de otros mundos de honores y celos, de fantasmas y dioses, de picardías y amores, de agravios y prohibiciones. Todos ellos, cómo no, de indudable belleza y sabiduría pero deambulando casi exclusivamente por los insuficientes estratos superficiales de la sociedad. Tampoco nuestros gobernantes han sido, en términos generales, ni ilustrados ni altruistas.

 Por otra parte todos podemos reconocer algunos caracteres de nuestra peculiar idiosincrasia, de nuestro temperamento colectivo: desde la incapacidad para comprender el valor de la estructura social como lugar privilegiado para el desarrollo del individuo, hasta la carencia de un sentido de responsabilidad ante lo colectivo; desde el exceso de sentimiento en los comportamientos, oscilando entre la sensiblería y la más cruel agresividad, hasta la ausencia de criterios firmes capaces de sustentar una ética cívica y laica; desde dirigentes faltos de racionalidad, de sentido de Estado en la toma de decisiones y en la promulgación de leyes, hasta las banderías fraticidas irredentas, solapadas, o no, como gestas de liberación; desde la ignorancia altanera hasta el desprecio por lo ajeno. Estos y otros rasgos de nuestra personalidad son, probablemente, en gran medida, legado de las generaciones que nos precedieron. De sus condicionamientos físicos y de sus limitaciones culturales. Nuestra responsabilidad es, pues, limitada. Aunque nuestra obligación incluye la voluntad de reorientar la inercia de nuestros antepasados.[3]

 El mundo estaba admirado ante los progresos políticos y cívicos que España había realizado desde 1975. Nos ponían como ejemplo a otros países que buscaban una transición pacífica hacia la democracia. Los premios internacionales (Carlomagno, Medallas de Congresos, etc.) eran otorgados a nuestros dirigentes. Nosotros mismos llegamos a creernos que podíamos formar parte, tras siglos de aislamiento, regeneracionismo inacabable, e invertebración secular, de un mundo normalizado de democracias liberales. El desarrollo económico y científico se iba consolidando. Sólo restaba la aproximación cultural que, aunque lentamente - es labor de generaciones -, nos permitiera recuperar el tiempo perdido y acompasar nuestra madurez política con la de Europa. Pero nuestros demonios familiares no habían desaparecido. Estaban aletargados y dormían en los intersticios de antiguos rencores y deseos de venganza.

 Por ello hay que insistir en algo sobre lo que hemos hablado en páginas  precedentes: educar es dar forma (“formación”, Bildung) a las mentes para que sean capaces por sí mismas, en primer lugar, de conocer la verdadera realidad de las cosas, por encima de manipulaciones mediáticas y de soflamas partidistas. Pero en segundo lugar, y esto es lo determinante, que sean capaces de discernir dónde se encuentra el punto de inflexión de la dignidad humana. Porque cuanto más elevado sea el concepto en que se tenga a los seres humanos y sus relaciones, más insobornables serán el respeto, la responsabilidad solidaria y la convivencia.

 Soy consciente de que las cosas no son tan simples como aquí se exponen. Si las metas son claras y las reflexiones conducen a los mismos puntos de coincidencia respecto de lo que debiera ser una excelente formación para la ciudadanía, ¿por qué se discute algo cuya evidencia nos ha sido trasmitida por la historia desde la antigüedad? ¿Por qué estamos siempre en pie de guerra contra los pordioseros sistemas educativos que nos han arrojado a la cara? ¿Es todo ello una cuestión de ignorancia o de perversión política? ¿Ambas tal vez?

 Como profesionales de la enseñanza estamos inmersos en una batalla desigual. Los obstáculos frente a nosotros se multiplican y nuestra clarividencia se muestra extremadamente precaria frente a tantos tropiezos y al imperativo de los hechos.

 Tropezamos con una sociedad de masas indiferente respecto al individuo al que va transformando poco a poco en un ser inane y sumiso. Por eso en el núcleo de esta educación hay que situar al individuo. Las multitudes suelen ser resultado de la necesidad de autoafirmación individual; de la necesidad de  formar parte del mismo clan, de percibirse como “alguien” dentro de un universo tribal; de sentirse acogido, reconocido por la masa anónima que no se interesa por nuestras características, indiferente a nuestras capacidades y valores: nos acepta y nos sentimos aceptados como número por ser un número. Frente a un ser humano de débiles convicciones, que precisa la multitud para sentirse humano, se hace imperiosa la formación de individuos capaces de resistir las mareas de la irracionalidad. De ahí la necesidad de una ética, civil o no, subyacente al derecho, pero que produce efectos cívicos, y que se constituya en el substrato de toda convivencia ciudadana.  

 Tropezamos una y otra vez con nuestros gobernantes. Siempre atrasados respecto  a los ritmos de la historia, cegados como reptiles por el brillo del poder; de una miserabilidad contumaz y patética; incapaces de asumir la lealtad a los ciudadanos, a los que se deben; perpetrando, incansables, normas que debiliten y empobrezcan la condición ilustrada de las gentes; instalados permanentemente en la doblez y la plutocracia. Y con ellos la inmensa cohorte de  incondicionales, de advenedizos y aduladores dispuestos siempre a medrar y saquear.[4] Pero nunca a defender la dignidad y el progreso moral de la ciudadanía.

 Tropezamos con nosotros mismos. Con un corporativismo que, aunque legítimo, frecuentemente nos hace perder de vista los objetivos superiores de la educación y nos encierra en miopes trincheras partidistas[5]. Nos vemos sometidos a inevitables  intereses confrontados: nuestro concepto de excelencia educativa frente a nuestras justas aspiraciones profesionales. Disputas interminables sobre los instrumentos, los medios, y los actores más idóneos van relegando el superior interés educativo de la sociedad a los armarios de la que se considera “rancia filosofía de los ideales”.

 Conforme se van desgranando las ideas sobre las metas a que debiera tender la educación, sobre cuanto sería conveniente para ello y de los muros a superar, un desánimo latente se hace explícito contemplando hacia dónde nos conducen, una vez más, en la historia, aquellos demonios familiares antes aludidos. Porque, sin embargo, la cuestión de la educación, aunque nunca será satisfactoriamente resuelta, ha sido abordada y razonablemente encauzada en otros países occidentales. Algo que entre nosotros es una secular aspiración que todavía ocupa muchas de nuestras energías. Algo que, en sí mismo, sería de fácil solución si las voluntades políticas no estuvieran al servicio de ideologías radicalizadas y, por ello mismo, trasnochadas.  Cuando se utiliza la educación de un pueblo como arma arrojadiza e instrumento de dominio, algo huele a podrido en gobernantes y dirigentes.

 Tal vez todo nuestro discurso sea un wishful thinking[6], una percepción errónea de la realidad y una toma de decisiones inoperantes. Tal vez confundimos nuestros deseos con la posibilidad de hacerlos reales. Tal vez nuestra falta de perspectiva nos haga empeñarnos en unos ideales ya sobrepasados y que una nueva era se esté abriendo estando nosotros, y nuestras ideas, anclados en un tiempo ya de retaguardia.

 Pero si nuestra civilización, en el sentido más positivo del término, es algo que conviene preservar (cuestión sobre la que se podría polemizar sine die), sólo el máximo desarrollo de una conciencia ética de pertenencia a un mismo tronco de seres libres e iguales puede concitar el respeto necesario para asumir como propio el ordenamiento social compartido. Para ello se hace imprescindible una educación de máximo nivel ético-cívico a la vista de la frágil y contradictoria condición de la naturaleza humana tal como nos la ha transmitido nuestra historia.

 

 “La razón no es un sentido ni una memoria nacida con nosotros, ni obtenida sólo mediante experiencia (como la prudencia) sino lograda por medio del esfuerzo.”

                                                                                           T. Hobbes, Leviatan, I, V.

 

 

 

 


 

[1] Recuérdese, por ejemplo, el motín del Marqués de Esquilache en Madrid (1766), y la hambruna que desencadenó el levantamiento del pueblo de París abriendo las puertas a la revolución de 1789. Posteriormente se han hecho paradigmáticas la enorme inflación y la situación  de miseria en Alemania y la URSS, respectivamente, al comienzo del siglo XX como causas determinantes de nazismo y comunismo.

[2] La frase panem et circenses, atribuida a Juvenal (s. I d. C.) en una de sus Sátiras, es buen ejemplo de ello.

[3]  Tampoco seríamos los primeros. Algunos ilustrados nos precedieron. Piénsese en los novatores, entre los que destacaron Juan de Cabriada, Tosca y Corachán , Antonio de Omerique, Juan Caramuel. Su legado fue continuado en el XVIII por otros científicos como Jorge Juan, Cosme Bueno, Antonio de Ulloa  y escritores ilustrados como Mayans, Jovellanos, Feijoo, Cadalso y, más recientemente, “el 98”, por citar sólo los más relevantes.

[4]  “Es dificultoso dar entendimiento a quien no tiene realidad, y más dar voluntad a quien no tiene entendimiento. Juegan con ellos los que les van alrededor, como con ciegos, con risa de los demás; y porque son sordos para oir no abren los ojos para ver.” (B. Gracián, El héroe, CCXXX).

 

[5]El hombre educado es aquel que sabe imprimir a toda su conducta el sello de la universalidad, el que ha abolido su particularismo, el que obra según principios universales. La educación es una forma del pensamiento. Más concretamente: la educación consiste en que el hombre sepa reprimirse y no obre meramente según sus inclinaciones y apetitos.” (Hegel, Lecciones sobre la filosofía de la historia universal).

[6] Se entiende por wishful thinking cuando alguien se empeña en confundir sus deseos con la realidad. Es. la capacidad de ilusionarse semejante a la que tienen los seguidores de un equipo de fútbol, que sobreestiman las posibilidades de éste. El padre de esta teoría es el economista de la Universidad de Yale Robert Shiller, cuyo libro ‘Exhuberancia irracional’ diagnosticó la burbuja de Internet justo antes de que estallara.