|
VI. ETIOLOGÍAS.
“Carlos,
no olvides que un proyecto que la razón ha concebido y ha de
aliviar los sufrimientos de la humanidad, puede malograrse mil
veces, pero no debe abandonarse nunca. ¿Lo oyes? ¡Acuérdate de
Flandes!”
F. Schiller,
Don Carlos, Acto II.
La historia de los pueblos no es producto de un determinismo
inexorable. Los historicismos son la coartada o el consuelo de
interesados, crédulos, impotentes o apáticos. Todas las naciones
han podido reorientar su destino en el momento en que han sido
receptivas a los nuevos vientos de liberación social y política,
al acceso a mayores niveles de desarrollo cultural y a la
reivindicación de derechos y libertades. Sin embargo, estos
procesos han recorrido un largo y abrupto itinerario salpicado de
obstáculos, de tropiezos, de frecuentes retrocesos y de
innumerables cadáveres.
Desde que con el Renacimiento se inaugura un nuevo concepto de la
dignidad humana, los gobernantes, paulatinamente, por legítimo
interés (Federico II, el Grande, de Prusia, Napoleón), por temor
o por ambas razones han ido extendiendo el derecho a la educación
de los ciudadanos. Saber leer se convirtió en una exigencia
religiosa, y consiguientemente política, entre los países no
católicos desde que la Reforma luterana situó la libre
interpretación de los textos sagrados en el centro de la fe. Es
cierto que la generalización de la educación, por sí misma, no
inmuniza a las naciones frente a crímenes fraticidas, a horrendos
genocidios o injustas discriminaciones. Como ya dijo Rousseau, los
seres humanos han constituido sociedades para resolver, en primer
lugar, sus necesidades materiales; sólo posteriormente tienen lugar las artes y las ciencias
como soporte - él habla de “cadenas” – y justificación de la
estructura social.
En el ámbito de lo individual se produce un fenómeno similar: la
satisfacción de las necesidades materiales tiende a desplazar las
reivindicaciones del espíritu. La vieja sabiduría romana lo
percibió con meridiana lucidez.
Es natural, por lo tanto, que, cuando las condiciones de
supervivencia de un pueblo están amenazadas, la sola educación sea
un débil baluarte frente a la irracionalidad e intolerancia. Por
ello hay que buscar las causas de las atrocidades del pasado y del
presente no sólo en la baja condición intelectual de los pueblos
sino en las situaciones político – económicas concretas, en su
utilización interesada por los gobernantes de turno y en la
ausencia de un sólido sustrato ético.
En España, como en su día afirmó P. Vilar, no tuvimos propiamente
Renacimiento, ni Reforma ni Revolución. Tampoco, por consiguiente,
pudieron surgir aquí los G. Bruno, Lutero, Calvino, Galileo,
Erasmo, - Vives tuvo que irse - Montaigne, Rabelais, Locke,
Tocqueville, Beccaria, Diderot, Hobbes, Montesquieu, Herder,
Schiller, D’Alembert, Goethe, A. Smidt, Kant, Wieland, Schelling,
entre otros muchos y por no hablar de los numerosos movimientos de
liberación política y social, y de sus mentores, que han recorrido
la historia. Todos ellos han ido dando forma a idiosincrasias
nacionales que han confluido, finalmente, en una cierta
homogeneidad que hoy denominamos Europa u Occidente.
Por una parte, nuestra gran literatura hispánica no incorpora los
elementos necesarios para constituirse en acerbo de doctrina
suficiente como para iluminar y conducir a nuestra nación por los
caminos reivindicativos e ilustrados de la historia. Nuestros
escritores, en términos generales, no han descendido a los
cimientos de la sociedad. Estaban ocupados, probablemente, en la
periferia de otros mundos de honores y celos, de fantasmas y
dioses, de picardías y amores, de agravios y prohibiciones. Todos
ellos, cómo no, de indudable belleza y sabiduría pero deambulando
casi exclusivamente por los insuficientes estratos superficiales
de la sociedad. Tampoco nuestros gobernantes han sido, en términos
generales, ni ilustrados ni altruistas.
Por otra parte todos podemos reconocer algunos caracteres de
nuestra peculiar idiosincrasia, de nuestro temperamento colectivo:
desde la incapacidad para comprender el valor de la estructura
social como lugar privilegiado para el desarrollo del individuo,
hasta la carencia de un sentido de responsabilidad ante lo
colectivo; desde el exceso de sentimiento en los comportamientos,
oscilando entre la sensiblería y la más cruel agresividad, hasta
la ausencia de criterios firmes capaces de sustentar una ética
cívica y laica; desde dirigentes faltos de racionalidad, de
sentido de Estado en la toma de decisiones y en la promulgación de
leyes, hasta las banderías fraticidas irredentas, solapadas, o no,
como gestas de liberación; desde la ignorancia altanera hasta el
desprecio por lo ajeno. Estos y otros rasgos de nuestra
personalidad son, probablemente, en gran medida, legado de las
generaciones que nos precedieron. De sus condicionamientos físicos
y de sus limitaciones culturales. Nuestra responsabilidad es,
pues, limitada. Aunque nuestra obligación incluye la voluntad de
reorientar la inercia de nuestros antepasados.
El mundo estaba admirado ante los progresos políticos y cívicos
que España había realizado desde 1975. Nos ponían como ejemplo a
otros países que buscaban una transición pacífica hacia la
democracia. Los premios internacionales (Carlomagno, Medallas de
Congresos, etc.) eran otorgados a nuestros dirigentes. Nosotros
mismos llegamos a creernos que podíamos formar parte, tras siglos
de aislamiento, regeneracionismo inacabable, e invertebración
secular, de un mundo normalizado de democracias liberales. El
desarrollo económico y científico se iba consolidando. Sólo
restaba la aproximación cultural que, aunque lentamente - es labor
de generaciones -, nos permitiera recuperar el tiempo perdido y
acompasar nuestra madurez política con la de Europa. Pero nuestros
demonios familiares no habían desaparecido. Estaban aletargados y
dormían en los intersticios de antiguos rencores y deseos de
venganza.
Por ello hay que insistir en algo sobre lo que hemos hablado en
páginas precedentes: educar es dar forma (“formación”, Bildung)
a las mentes para que sean capaces por sí mismas, en primer lugar,
de conocer la verdadera realidad de las cosas, por encima de
manipulaciones mediáticas y de soflamas partidistas. Pero en
segundo lugar, y esto es lo determinante, que sean capaces de
discernir dónde se encuentra el punto de inflexión de la dignidad
humana. Porque cuanto más elevado sea el concepto en que se tenga
a los seres humanos y sus relaciones, más insobornables serán el
respeto, la responsabilidad solidaria y la convivencia.
Soy consciente de que las cosas no son tan simples como aquí se
exponen. Si las metas son claras y las reflexiones conducen a los
mismos puntos de coincidencia respecto de lo que debiera ser una
excelente formación para la ciudadanía, ¿por qué se discute algo
cuya evidencia nos ha sido trasmitida por la historia desde la
antigüedad? ¿Por qué estamos siempre en pie de guerra contra los
pordioseros sistemas educativos que nos han arrojado a la cara?
¿Es todo ello una cuestión de ignorancia o de perversión política?
¿Ambas tal vez?
Como profesionales de la enseñanza estamos inmersos en una
batalla desigual. Los obstáculos frente a nosotros se multiplican
y nuestra clarividencia se muestra extremadamente precaria frente
a tantos tropiezos y al imperativo de los hechos.
Tropezamos con una sociedad de masas indiferente respecto al
individuo al que va transformando poco a poco en un ser inane y
sumiso. Por eso en el núcleo de esta educación hay que situar al
individuo. Las multitudes suelen ser resultado de la necesidad de
autoafirmación individual; de la necesidad de formar parte del
mismo clan, de percibirse como “alguien” dentro de un universo
tribal; de sentirse acogido, reconocido por la masa anónima que no
se interesa por nuestras características, indiferente a nuestras
capacidades y valores: nos acepta y nos sentimos aceptados como
número por ser un número. Frente a un ser humano de débiles
convicciones, que precisa la multitud para sentirse humano, se
hace imperiosa la formación de individuos capaces de resistir las
mareas de la irracionalidad. De ahí la necesidad de una ética,
civil o no, subyacente al derecho, pero que produce efectos
cívicos, y que se constituya en el substrato de toda convivencia
ciudadana.
Tropezamos una y otra vez con nuestros gobernantes. Siempre
atrasados respecto a los ritmos de la historia, cegados como
reptiles por el brillo del poder; de una miserabilidad contumaz y
patética; incapaces de asumir la lealtad a los ciudadanos, a los
que se deben; perpetrando, incansables, normas que debiliten y
empobrezcan la condición ilustrada de las gentes; instalados
permanentemente en la doblez y la plutocracia. Y con ellos la
inmensa cohorte de incondicionales, de advenedizos y aduladores
dispuestos siempre a medrar y saquear.
Pero nunca a defender la dignidad y el progreso moral de la
ciudadanía.
Tropezamos con nosotros mismos. Con un corporativismo que, aunque
legítimo, frecuentemente nos hace perder de vista los objetivos
superiores de la educación y nos encierra en miopes trincheras
partidistas.
Nos vemos sometidos a inevitables intereses confrontados: nuestro
concepto de excelencia educativa frente a nuestras justas
aspiraciones profesionales. Disputas interminables sobre los
instrumentos, los medios, y los actores más idóneos van relegando
el superior interés educativo de la sociedad a los armarios de la
que se considera “rancia filosofía de los ideales”.
Conforme se van desgranando las ideas sobre las metas a que
debiera tender la educación, sobre cuanto sería conveniente para
ello y de los muros a superar, un desánimo latente se hace
explícito contemplando hacia dónde nos conducen, una vez más, en
la historia, aquellos demonios familiares antes aludidos. Porque,
sin embargo, la cuestión de la educación, aunque nunca será
satisfactoriamente resuelta, ha sido abordada y razonablemente
encauzada en otros países occidentales. Algo que entre nosotros es
una secular aspiración que todavía ocupa muchas de nuestras
energías. Algo que, en sí mismo, sería de fácil solución si las
voluntades políticas no estuvieran al servicio de ideologías
radicalizadas y, por ello mismo, trasnochadas. Cuando se utiliza
la educación de un pueblo como arma arrojadiza e instrumento de
dominio, algo huele a podrido en gobernantes y dirigentes.
Tal vez todo nuestro discurso sea un
wishful thinking,
una percepción errónea de la realidad y una toma de decisiones
inoperantes. Tal vez confundimos nuestros deseos con la
posibilidad de hacerlos reales. Tal vez nuestra falta de
perspectiva nos haga empeñarnos en unos ideales ya sobrepasados y
que una nueva era se esté abriendo estando nosotros, y nuestras
ideas, anclados en un tiempo ya de retaguardia.
Pero si nuestra civilización, en el sentido más positivo del
término, es algo que conviene preservar (cuestión sobre la que se
podría polemizar sine die), sólo el máximo desarrollo de
una conciencia ética de pertenencia a un mismo tronco de seres
libres e iguales puede concitar el respeto necesario para asumir
como propio el ordenamiento social compartido. Para ello se hace
imprescindible una educación de máximo nivel ético-cívico a la
vista de la frágil y contradictoria condición de la naturaleza
humana tal como nos la ha transmitido nuestra historia.
“La razón no es un sentido ni una memoria nacida con
nosotros, ni obtenida sólo mediante experiencia (como la
prudencia) sino lograda por medio del esfuerzo.”
T. Hobbes, Leviatan, I, V.
“Es dificultoso dar
entendimiento a quien no tiene realidad, y más dar voluntad a
quien no tiene entendimiento. Juegan con ellos los que les van
alrededor, como con ciegos, con risa de los demás; y porque
son sordos para oir no abren los ojos para ver.”
(B. Gracián, El héroe, CCXXX).
Se entiende por wishful thinking
cuando alguien se empeña en confundir sus deseos con la
realidad. Es. la capacidad de ilusionarse semejante a la que
tienen los seguidores de un equipo de fútbol, que sobreestiman
las posibilidades de éste. El padre de esta teoría es el
economista de
la Universidad
de Yale Robert Shiller, cuyo libro ‘Exhuberancia
irracional’ diagnosticó la burbuja de Internet justo antes
de que estallara.
|