CRÍTICA Y CULTURA

 EDUCACIÓN Y DEMOCRACIA

Por Jesús Fernández Orrico, Vicepresidente ANCABA-CV. Dr. en Filosofía

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III.  FETICHISMO DE LA DEMOCRACIA.

 

 “No tenemos, empero, intención de hacer de la democracia un fetiche. Puede ser muy cierto que nuestra generación habla y piensa demasiado de democracia y demasiado poco de los valores a los que ésta sirve.”        

Friedrich A. Hayek, Camino de servidumbre, 5.

 En la esfera de la sociedad civil rige, al menos formalmente, la jerarquía, el mérito, la competencia; es decir, la desigualdad. Los sistemas democráticos surgen como forma de control del poder político. Pero en los ámbitos del conocimiento, de la capacidad, de la responsabilidad y de la eficacia se hace evidente la inoperancia de los postulados democráticos. La sociedad civil se estructura situando a sus miembros según estos criterios de conocimientos, jerarquía y responsabilidad. Algo que saben y practican muy bien los propios partidos y grupos en sus organigramas de distribución de poder. Incluso, paradójicamente, aquellos que suelen defender con entusiasmo la democracia como sinónimo de igualdad.

 Una vez más la cuestión de fondo encierra una tensión dialéctica entre libertad e igualdad. Hacer compatibles ambos polos sólo es posible si se renuncia de antemano a una consecución intransigente y exclusiva de cualquiera de ambos. Conviene, no obstante, tener presente que la igualdad hace referencia esencialmente a las condiciones externas deseables en orden a garantizar el efectivo ejercicio de la libertad. Una igualdad que sea ella misma el fin último de actuación produce la alienación de lo más específico del ser humano: su capacidad decisoria.

 La democracia no dice nada sobre los valores que deben regir en un colectivo. Sólo hace posible la manifestación de la voluntad política de una sociedad. Pero ello no supone un progreso moral en las sociedades y en los individuos. Cuando por ignorancia o por interés partidista se fetichiza la democracia como única forma aceptable de actuación y como universal modelo operativo, se está olvidando la naturaleza instrumental exclusivamente política de la democracia.

 Si el ámbito de lo público no consigue imponer su autoridad (autoritas) por falta de claridad en sus planteamientos y de justicia en sus propuestas, los ciudadanos se ven incapacitados para transmitir a las generaciones siguientes unos valores y principios con la autoridad moral suficiente para que esa transmisión sea eficaz. La creciente pérdida de autoridad de los educadores en la escuela contemporánea confirma la falta de prestigio y autoridad de lo público/político en nuestro tiempo. Existe una interrelación entre la pérdida de autoridad en la vida política y en los estamentos privados de la familia y la educación.

 Pero hay una responsabilidad implícita en los adultos por el hecho de haber traído a los niños al mundo; responsabilidad que no se carga arbitrariamente sobre los educadores sino en cuanto se les reconoce y otorga un lugar eminente en esa responsabilidad que hunde sus raíces en la transmisión de la educación y que sólo será posible con el ejercicio de la autoridad. Por eso en el orden de lo educativo el criterio de la jerarquía es el soporte de la formación y de la adquisición de valores.

 Esto sólo es válido y aplicable para la educación, para la relación entre niños y adultos, pero no para el ámbito de la política, en el que nos movemos relacionándonos los adultos unos con otros. A partir de un determinado estadio de la vida de cada individuo se debe respetar y potenciar su capacidad de elección, su autonomía real. La igualdad puede ser condición de la libertad, pero sólo ésta nos constituye como humanos. Algo que nadie, ni siquiera los sistemas políticos del denominado socialismo real, se han atrevido nunca a negar. Th. W. Adorno[1] nos advertía de que la única verdadera fuerza contra el Principio de Auschwitz sería la autonomía en el sentido kantiano: la fuerza de la reflexión, de la autodeterminación, del no hacer como los demás.

 La cuestión de fondo es, pues, la siguiente: ¿cómo pueden ejercitar los ciudadanos adultos una autónoma capacidad de decisión si no se les ha dotado previamente de un desarrollo intelectual, si no se ha potenciado al máximo su propio entendimiento, si no se les ha conducido, de grado o por fuerza, hacia un exigente ejercicio de sus potencialidades capaz de permitirles discernir en el futuro con libertad? Y ¿cómo se puede conducir a unos recién llegados carentes todavía de criterios propios contrastados, ayunos de conciencia moral, de conciencia política, de experiencia y autocontrol, sin la autoridad (autoritas) necesaria emanada del prestigio y la responsabilidad que otorga la sociedad a los educadores?

 Es una contradictio in terminis  “educar democráticamente.” En el proceso educativo cada miembro debe conservar su función. Porque cuando la igualdad en la educación se radicaliza, se pierde la perspectiva de las diferencias entre los seres humanos. En la niñez las semejanzas entre individuos son grandes, precisamente porque no se ha desarrollado la especificidad psicológica de cada uno de ellos. Pero con el desarrollo de las características personales los seres humanos incrementan sus diferencias, aparecen los personalismos y la exigencia de autoafirmación. Una educación igual para todos, por ejemplo en contenidos (lo que aquí se ha dado en llamar equívocamente “comprensividad”), llena de insatisfacción a individuos y sociedad.

 La crisis de la educación se ha agravado tanto que lleva a difuminar las diferencias entre juventud y vejez, entre dotados y no dotados, entre niños y adultos, entre esforzados y perezosos, entre alumnos y profesores. El prejuicio democrático tiene efectos perversos cuando pretenden aplicarse sus presupuestos a la educación de los jóvenes. Y ello tanto más cuanto una parte del profesorado ha sucumbido al prejuicio de las actuaciones democráticas en todo cuanto concierne a la educación. También a estos profesores  les ha alcanzado el fetichismo de la democracia. Reclamar para la educación procedimientos democráticos lleva a arruinar todo el proceso educativo porque pretende hacer creer que la desigualdad natural es un error y trata de sustituirla por una igualdad metodológica, de contenidos y, en definitiva, política.

 Los valores de la cultura – que incluyen el conocimiento del pasado del hombre, de los sistemas políticos democráticos, la reflexión sobre la naturaleza y el respeto a los individuos que forman la humanidad, entre otros – no son transmisibles si se prescinde de todo principio de autoridad. Ciertamente el concepto de autoridad sugiere connotaciones de rechazo. Pero sucumbir ante tales prejuicios denota posiciones de irracionalidad inaceptables. El principio de autoridad se legitima en el ámbito de la educación como instrumento imprescindible en la transformación del niño en un adulto exigente y consciente de sus libertades.

 La autoridad en la educación no tiene que ver con el poder y el terror de la vida pública en determinados regímenes autoritarios. Tiene que ver más bien con la cualificación, el prestigio, y el liderazgo del docente. Porque el niño, incapaz de comprender plenamente el significado teórico y el sentido de los valores, sólo los acepta en cuanto puede verlos defendidos y encarnados en los maestros. Una vez más nos encontramos con la necesidad de referente concreto como vehículo de  valores para los jóvenes. Estos no aprecian ni responden a los incentivos democráticos que tienden a interpretar como estímulos autocomplacientes. Los jóvenes demandan, sin ser ellos mismos conscientes de ello, asirse, de grado o por fuerza, a referentes perceptibles desde los cuales poder saltar posteriormente, en la misma o en otra dirección, a una comprensión más abstracta de valores.

 El prejuicio decadente y reaccionario contra toda autoridad, incluyendo la necesaria para la educación, está dando lugar a generaciones de jóvenes sin arraigo, que desprecian lo que ignoran, de un primitivismo contumaz, fácilmente manipulables. Sin duda esto es lo que se pretende: el mundo feliz de consumidores compulsivos desposeídos de identidad personal y autonomía; incapaces de percibir cómo unos cuantos grupos de poder dominan sus vidas y sus destinos.

 Menores de edad, incapaces de servirse de su propio entendimiento sin la guía de otro (…) porque ¡es tan cómodo ser menor de edad! Es difícil para todo individuo lograr salir de esa minoría de edad, casi ya convertida en naturaleza suya. Incluso le ha tomado afición y se siente realmente incapaz de valerse de su propio entendimiento, porque nunca se le ha dejado hacer dicho ensayo. (…) Por eso pocos son los que por esfuerzo del propio espíritu, han conseguido salir de esa minoría de edad y proseguir, sin embargo, con paso seguro. (…) Por eso es tan perjudicial inculcar prejuicios, pues al final terminan vengándose de sus mismos predecesores y autores.

 (I. Kant, Respuesta a la pregunta:¿Qué es la ilustración? Berliner Monatsschrift, 4, 1784. Traducción en Edit. Tecnos)


 

[1]Educación después de Auschwitz”. Conferencia en Radio Hessen el 18. 4. 1966.