CRÍTICA Y CULTURA

 EDUCACIÓN Y DEMOCRACIA

Por Jesús Fernández Orrico, Vicepresidente ANCABA-CV. Dr. en Filosofía

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II. UNA FALACIA: LA ESCUELA ES EL MUNDO. OTRO MUNDO.

 

Hay que hacer comprender que la escuela no es un fin; que su unidad y carácter cerrado es una necesidad y no una virtud.

Th. W. Adorno. Tabúes sobre la profesión de maestro, Berlín, 1965

 La educación posee un carácter fundante en la constitución de una sociedad democrática y en la necesaria acción comunicativa de los individuos entre sí y con la historia. Todo ejercicio activo o pasivo de la política debe dar por supuesta una suficiente educación previa que permita al ciudadano el necesario discernimiento en el juego de las opciones públicas. El ejercicio de las libertades políticas debe asentarse no sólo en la capacidad de elección sino también en la comprensión del mundo social y político sobre el que hay que decidir.

 La educación, por tanto, no sólo es anterior a la acción social, sino que no es un fin en sí misma ya que está ordenada a la vida pública, a la integración social de los individuos y a su necesaria interrelación. La acción social tiene que ver con gente ya educada. Por ello la formación que deberá permitir posteriormente el ejercicio de derechos democráticos, en tanto que educación y, en tanto que pertenece aún a la esfera de lo privado, debe atender al saber, al conocimiento, a la capacitación competencial y a la adopción de hábitos que predispongan a la vida en sociedad.

 La posibilidad de acceso en plenitud y conscientemente a los derechos públicos exige de los individuos una formación (Bildung), una preparación y régimen de vida (diaíta) cuyos criterios de comportamiento no tienen por qué ser coincidentes con los de la sociedad civil, porque se trata de una etapa de aprendizaje, no de ejercicio pleno, de tales derechos. Así, promover principios de actuación como “la democracia a la escuela”, la eliminación de sanciones a comportamientos disruptores, la igualdad jerárquica de alumnos y profesores, la atribución de resultados académicos en función del crecimiento vegetativo, la supresión de los criterios de mérito y capacidad, y tantos otros, perpetúan el infantilismo de los jóvenes, les impiden una adaptación honesta y realista del funcionamiento social y, consiguientemente, les son sustraídos hábitos de comportamiento responsable. Los valores sociales y los de la escuela deben ser los mismos; pero en la escuela su aplicación no es viable: hay que aprender a ejercitarlos de modo progresivo.

 La separación de la esfera de la educación respecto de la esfera socio-política debe sustentarse en tres postulados que la propia sociedad reconoce en su estructura y que son asumidos  por ella en el ámbito de lo jurídico: a) Se debe delimitar, y asumir, la frontera entre el niño y el joven, por una parte, y el adulto, por otra. b) No se debe intentar educar al adulto y c) No se debe tratar  a los niños como si fueran adultos. El niño realiza su primer conocimiento del mundo en la escuela; pero la escuela no es el mundo y no puede pretender serlo.

 Pero menos aún puede pretender la escuela constituirse en un mundo con valores propios, exclusivos, inexistentes en la sociedad y frecuentemente opuestos a ella; porque con ello se absolutiza la escuela como un universo totalmente separado cuyo fin estaría en sí misma y olvidando que existe como función de, en relación con, la sociedad y el mundo. La separación de la escuela del mundo se justifica porque se trata de una etapa de aprendizaje de los valores de ese mundo. Y para este aprendizaje no se deben aplicar ya estos valores cuando aún no se poseen. Pero, al mismo tiempo, no es admisible hacer de la escuela una “sociedad completa y cerrada”. La escuela es un mundo separado de la sociedad pero orientado a ella. El empeño en socializar exclusivamente mediante criterios ajenos al hecho social hace fracasar la socialización produciendo individuos inadaptados, marginales o delincuentes.

 Han sido los gobiernos occidentales denominados de izquierda quienes más fácilmente han sucumbido a la atracción demagógica de un proceso educativo como el americano, en el que el mundo infantil ha sido absolutizado y politizado de modo artificial[1]. Se pretende con ello sustituir la función de la familia y de manipular en beneficio de la ideología partidista la neutralidad política de la acción educativa. Los que han defendido la escuela como mundo han promovido, la creación de una sociedad educativa cerrada, absolutizada pero en la que no se han mantenido, paradójicamente,  los criterios y valores que deben regir la sociedad civil: el esfuerzo, la competitividad, la autoestima, los estímulos positivos al esfuerzo personal, los negativos a los comportamientos reprobables, etc.

 La absolutización del mundo infantil es artificial porque interrumpe las relaciones naturales entre adultos y niños; relaciones que consisten, entre otras, en la enseñanza y el aprendizaje y porque se niega que el niño es un ser humano en proceso, que la infancia es un estado pasajero que sirve de preparación al estado adulto.

 Esta interrupción del contacto entre el adulto y el niño lleva a que los niños se estructuren en grupos cuya autoridad terminará siendo más tiránica que la limitada autoridad de una sola persona. Resultado de ello es que los niños se autoexcluyen del mundo de los adultos; son empujados hacia sí mismos cayendo bajo la tiranía de su propio grupo al que no pueden controlar ni pueden razonar con él dada su propia condición infantil de la que no pueden huir: el mundo de los adultos les ha sido cerrado. Consecuencias inmediatas: ausencia de un marco referencial desde el cual avanzar en la mejoría de las condiciones y relaciones sociales; el conformismo por falta de aspiraciones respecto de un futuro que no perciben unido a su presente; inestabilidad o inconsistencia por la falta de referentes sólidos hacia los que volverse.

 La sociedad infantil, siendo un mundo bien diferenciado del mundo adulto, no por ello debe ser considerada como autónoma y cerrada sobre sí misma. Es una sociedad diferente pero dependiente, orientada y abierta al mundo adulto. Quienes afirman que la escuela es un ámbito cerrado, exclusivo y excluyente son los que promueven que la autoridad reside en el propio niño y en su colectivo. Pero una escuela trufada de permisividad es un fraude a la socialización dado que la frustración necesaria para la adaptación al mundo es inexcusable. Esto es algo sabido desde hace siglos.[2] Ninguna sociedad debiera sostener una educación de ciudadanos que actuarán en contra de ella por acción u omisión.


[1] En estos planteamientos suelen subyacer las viejas utopías estatalistas platónicas o las hipótesis rousseaunianas de la bondad natural del ser humano, por no hablar de una lucha de clases encubierta que se quiere llevar a cabo desde la escuela (¡inmoralidad imperdonable!). La educación sólo puede tener un fin: la integración en la sociedad. Aunque ésta sea injusta y perfectible. Es la sociedad la que debe mejorarse a sí misma sin delegar en la escuela ese perfeccionamiento. Delegación que, además de perversa, es inviable.  

[2] Mollis illa educatio quam indulgentiam vocamus, nervos omnes et mentis et corporis  frangit. (Esa suave educación que llamamos indulgencia, destruye todo el vigor del alma y del cuerpo. Quintiliano., Inst. 1, 2, 6).

Monere, non punire, stultitiam decet. (Advertir y no castigar es propio de necios. Publilius  Syrus).

Nisi vindices delicta,  improbitatem  adiuves. (Si no castigas los delitos fomentas la maldad. Ibid.).